cuando Jim le contó que el tío Silas entraba cada uno o dos días a rezar con él, y la tía Sally entraba a ver si estaba cómodo y tenía suficiente para comer, y que ambos eran tan amables como podían serlo, Tom dice:
—Ahora sé cómo arreglarlo. Te mandaremos algunas cosas con ellos.
Le dije: «No hagas nada de eso; es una de las ideas más estúpidas con las que me he topado», pero no me hizo ningún caso; siguió adelante. Era su manera de ser cuando se ponía algo en la cabeza.
De modo que le contó a Jim cómo tendríamos que pasarle a escondidas el pastel con la escala de cuerda y otras cosas grandes por medio de Nat, el negro que le llevaba la comida, y que él debía estar alerta, y no sorprenderse, y no dejar que Nat lo viera abrirlas; y que pondríamos las cosas pequeñas en los bolsillos del abrigo del tío y él tendría que robárselas; y que le ataríamos cosas a los cordones delantal de la tía o las pondríamos en el bolsillo de su delantal, si teníamos la oportunidad; y le dijo cuáles serían y para qué servían. Y le explicó cómo llevar un diario en la camisa con su sangre, y todo eso. Se lo contó todo. Jim no le veía ningún sentido a la mayor parte, pero admitía que nosotros éramos blancos y sabíamos más que él; así que se quedó conforme y dijo que lo haría todo tal como Tom decía.
Jim tenía montones de pipas de tusa de maíz y tabaco; así que pasamos un rato de lo más sociable y agradable; luego nos salimos gateando por el agujero y nos fuimos a la cama, con las manos que parecían haber sido mordisqueadas. Tom estaba de muy buen humor. Dijo que era la mejor diversión que había tenido en su vida, y la más intelectual; y dijo que si viera el modo de hacerlo, lo seguiríamos haciendo el resto de nuestras vidas y le dejaríamos a Jim a nuestros hijos para que lo sacaran; porque creía que a Jim le terminaría gustando cada vez más conforme se fuera acostumbrando.