El coronel Grangerford era un caballero, ya ven. Era un caballero de pies a cabeza; y su familia también. Era de buena cuna, como suele decirse, y eso vale tanto en un hombre como en un caballo, según decía la viuda Douglas, y nadie negaba jamás que ella pertenecía a la primera aristocracia de nuestro pueblo; y papá siempre decía lo mismo también, aunque él no tenía más de noble que un bagre de río.
El coronel Grangerford era muy alto y muy esbelto, y tenía un cutis cetrino y pálido, ni rastro de rojo en ninguna parte; se afeitaba a ras todas las mañanas por todo su rostro delgado, y tenía la clase de labios más delgados, y la clase de fosas nasales más delgadas, y una nariz aguileña, y cejas pobladas, y la clase de ojos más negros, hundidos tan hacia atrás que parecía como si estuvieran mirando desde cavernas hacia ti, por decirlo así.
Su frente era alta, y su cabello era negro y lacio y le colgaba hasta los hombros.
Sus manos eran largas y delgadas, y todos los días de su vida se ponía una camisa limpia y un traje completo de pies a cabeza hecho de un lino tan blanco que dolía a los ojos mirarlo; y los domingos usaba una casaca azul con botones de latón. Llevaba un bastón de caoba con puño de plata.
No tenía nada de frívolo, ni pizca, y jamás era escandaloso. Era todo lo amable que se puede ser—uno lo sentía, ya sabe, y así le inspiraba confianza. A veces sonreía, y era bueno de ver; pero cuando se enderezaba como un asta de la libertad, y los relámpagos empezaban a chispear de bajo de sus cejas, a uno le entraban ganas de trepar a un árbol primero, y averiguar qué pasaba después.