“Pues ya no sirve de nada mandarle cosas con él, no es de fiar”.
Luego dice:
“Pero de todos modos nos hizo un favor con la cuchara, sin saberlo, y así que vamos a hacerle uno nosotros sin que él lo sepa—tapándole los agujeros de las ratas”.
Había una buena y decente cantidad de ellos allá abajo en el sótano, y nos tomó toda una hora, pero hicimos el trabajo bien hecho, a la perfección y como mandan los cánones.
Luego oímos pasos en la escalera, soplamos la luz y nos escondimos; y aquí viene el viejo, con una vela en una mano y un atado de cosas en la otra, con cara de estar en las nubes desde hace tres años.
Se puso a merodear embobado, primero por un agujero de rata y luego por otro, hasta que los recorrió todos. Después se quedó como cinco minutos arrancándole las gotas de sebo a la vela y pensando.
Luego se dirige lenta y soñadoramente hacia la escalera, diciendo:
—Pues por más que intento acordarme, no sé cuándo lo hice. Ahora podría demostrarle que no tuve la culpa por culpa de las ratas. Pero no importa, déjalo estar. Me figuro que no serviría de nada.
Y así siguió mascullando escaleras arriba, y luego nos fuimos. Era un viejito de lo más simpático. Y siempre lo es.
Tom estaba bastante preocupado por ver qué hacía para conseguir una cuchara, pero dijo que teníamos que tenerla, así que se puso a pensar. Cuando lo hubo calculado, me dijo cómo íbamos a hacerlo; luego fuimos a dar vueltas por el cesto de las cucharas hasta que vimos venir a la tía Sally, y entonces Tom se puso a contar las cucharas y a apartarlas a un lado, y yo me metí una de ellas por la manga, y Tom dice: