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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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Capítulo XXXIV

La puerta estaba en el extremo sur y tenía candado. Tom fue hasta el caldero de jabón, anduvo buscando y trajo el fierro con el que levantan la tapa; así que lo usó para arrancar una de las grapas a palanca. La cadena cayó, abrimos la puerta, entramos, la cerramos, encendimos un fósforo y vimos que el cobertizo solo estaba arrimado a la cabaña y no tenía ninguna comunicación con ella; y el cobertizo no tenía suelo, ni había nada en él más que algunas azadas, palas y picos viejos, oxidados e inservibles, y un arado cojo. El fósforo se apagó, y nosotros también, y volvimos a meter la grapa, y la puerta quedó tan bien cerrada como antes. Tom estaba radiante. Dijo:

“Ahora estamos bien. Lo sacaremos. ¡Nos llevará como una semana!”

Luego echamos a andar hacia la casa, y yo entré por la puerta trasera —solo hay que tirar de una aldaba de piel de ante, no le ponen cerrojo a las puertas—, pero eso no era lo bastante romántico para Tom Sawyer; de ninguna manera se conformaría con menos que trepar por el pararrayos. Pero después de subir hasta la mitad unas tres veces, fallar el tiro y caerse todas las veces, y la última casi reventarse los sesos, pensó que iba a tener que rendirse; pero luego de descansar se le ocurrió intentarlo una vez más por si sonaba la flauta, y esta vez completó el trayecto.

Por la mañana nos levantamos al romper el alba y bajamos a las Cabañas de los negros a acariciar a los perros y hacernos amigos del negro que le llevaba la comida a Jim⁠—si es que el que estaba recibiendo comida era Jim.

Los negros acababan de desayunar y salían hacia los campos; y el negro de Jim estaba llenando una bandeja de hojalata con pan, carne y otras cosas; y mientras los demás se marchaban, llegó la llave desde la casa.

Este negro tenía una cara bonachona y de chorlito, y tenía la lana toda atada en pequeños manojos con hilo. Eso era para alejar a las brujas.

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