te dije que una vez fui rico, y que iba a ser rico otra vez; y se ha cumplido; y mírala aquí! ¡Dah, ahora! No me hables —las señales son señales, te lo digo yo; ¡y sabía tan bien que iba a ser rico otra vez como estoy parado aquí este mesmo minuto!
Y luego Tom siguió hablando y hable que te habla, y dice que vamos a pirarnos los tres de aquí una de estas noches y conseguirnos un equipo, y lanzarnos a vivir aventuras estruendosas entre los indios, por allá por el Territorio, durante un par de semanas más o menos; y yo digo que bueno, que me parece bien, pero que no tengo dinero para comprar el equipo, y que supongo que no podría conseguir nada en casa, porque lo más seguro es que papá ya haya vuelto para estas fechas, y se lo haya quitado todo al juez Thatcher y se lo haya bebido en alcohol.
—No, no lo ha hecho —dice Tom—; todavía está todo ahí: más de seis mil dólares; y tu abuelo no ha vuelto desde entonces. Por lo menos, no había vuelto cuando yo me vine.
Jim dice, más bien solemne:
—Ya no va a volver más, Huck.
Yo digo:
—¿Por qué, Jim?
—No importa por qué, Huck, pero ya no va a volver.
Pero yo insistí; así que al fin dice:
—¿No te acuerdas de la casa esa que iba flotando por el río, y que había un hombre dentro, tupidito, y yo entré y le destupí y no te dejé entrar? Pues entonces, ya puedes cobrar tu dinero cuando quieras, porque era él.
Tom ya está de lo más bien, y lleva su bala al cuello en una cadena de reloj a guisa de reloj, y a cada rato anda viendo qué hora es, de modo que ya no