Al rato era la hora de levantarse. Así que bajé por la escalerilla y me encaminé hacia la planta baja; pero al pasar por el cuarto de las muchachas, la puerta estaba abierta y vi a Mary Jane sentada al lado de su viejo baúl de pelo, que estaba abierto y ella había estado metiendo cosas dentro —preparándose para ir a Inglaterra—. Pero ahora se había detenido con un vestido doblado en el regazo, y tenía la cara entre las manos, llorando. Me sentí requetemal al ver aquello; por supuesto, cualquiera lo habría sentido. Entré allí y le dije:
—Señorita Mary Jane, usted no puede soportar ver a la gente en apuros, y yo tampoco la mayoría de las veces. Cuéntamelo todo.
Así que lo hizo. Y fueron los negros; yo ya me lo esperaba. Dijo que el hermoso viaje a Inglaterra se le había arruinado casi por completo; que no sabía cómo iba a ser feliz allí, sabiendo que la madre y los hijos no iban a volverse a ver nunca más, y entonces rompió a llorar más amargamente que nunca, alzó las manos y dijo:
“¡Ay, Dios, Dios, pensar que no se van a ver nunca más!”
—¡Pues lo harán, y en menos de dos semanas, y lo sé! —digo yo.
¡Válgame, se me salió antes de poder pensarlo! ¡Y antes de que pudiera moverme, me echa los brazos al cuello y me dice que lo diga otra vez, que lo diga otra vez, que lo diga otra vez!
Veo que había hablado demasiado pronto y dicho demasiado, y que estaba en un atolladero. Le pedí que me dejara pensar un minuto; y ella se quedó sentada allí, muy impaciente, agitada y hermosa, pero luciendo como medio feliz y aliviada, como una persona a la que le acaban de sacar una muela.