Sacó dos o tres trajes de indiana para cortinas, que según él eran armadura meedieval para Ricardo III y el otro fulano, y una larga camisa de dormir de algodón blanco y un gorro de dormir con volantes a juego. El rey quedó satisfecho; así que el duque sacó su libro y leyó los papeles de la manera más grandilocuente y ampulosa, pavoneándose y gesticulando al mismo tiempo, para mostrar cómo había que hacerlo; luego le dio el libro al rey y le dijo que se aprendiera su papel de memoria.
Había un pueblecito insignificante como a tres millas más abajo de la curva, y después de cenar el duque dijo que había madurado su idea sobre cómo navegar a la luz del día sin que fuera peligroso para Jim; así que pensó en bajar al pueblo y arreglar ese asunto.
El rey opinó que él también iría, a ver si lograba dar con algo. Se nos había acabado el café, así que Jim dijo que era mejor que yo fuera con ellos en la canoa a comprar un poco.
Cuando llegamos no se veía un alma; las calles vacías, y completamente muertas y silenciosas, como un domingo.
Encontramos a un negro enfermo tomando el sol en un patio trasero, y dijo que todos los que no eran demasiado jóvenes, ni demasiado enfermos, ni demasiado viejos se habían ido a la reunión campestre, a unas dos millas monte adentro.
El rey averiguó cómo llegar y dijo que iría a sacarle todo el jugo posible a esa reunión campestre, y que yo también podía ir.
El duque dijo que lo que andaba buscando era una imprenta. La encontramos; un negocito de poca monta, arriba de un taller de carpintería—los carpinteros y los impresores se habían ido al mitin, y no había puertas con llave. Era un lugar sucio, revuelto, con marcas de tinta y carteles con dibujos de caballos y negros fugitivos por todas las paredes. El duque se quitó el saco