¡vaya un día de trabajo honesto y redondo de verdad; y si teníamos hambre?—¡oh, no, qué va, me figuro que no! Y no quedaba ni una maldita serpiente por allá arriba cuando volvimos; no habríamos atado bien el saco, y se las ingeniaron para salir de algún modo y se largaron. Pero no importaba mucho, porque todavía andaban por los alrededores en alguna parte. Así que calculamos que podríamos atrapar algunas de ellas otra vez.
No, no es que escasearan las serpientes precisamente por la casa durante una buena temporada. Las veías gotear de las vigas y de otros sitios de vez en cuando; y por lo general venían a caer en tu plato, o por el cuello de la camisa, y casi siempre donde menos las querías.
Bueno, eran bonitas y jaspeadas, y no pasaba nada porque hubiera un millón de ellas; pero eso le daba igual a la tía Sally; aborrecía las serpientes, fuera cual fuera la especie, y no las soportaba de ninguna manera posible; y cada vez que una le caía encima, no importaba lo que estuviera haciendo, soltaba la labor y salía escopetada.
Jamás he visto a una mujer así. Y se la oía gritar hasta el otro mundo. No había forma de que las cogiera ni con las tenazas. Y si se daba la vuelta y encontraba una en la cama, se ponía a patalear para salir y pegaba unos alipores tales que te hacían pensar que la casa estaba ardiendo.
Ella alteró tanto al viejo que dijo que casi desearía que nunca se hubiera creado ninguna serpiente. Vaya, después de que la última serpiente se hubo marchado por completo de la casa desde hacía por lo menos una semana, la tía Sally todavía no lo había superado; ni cerca estaba de superarlo; cuando estaba sentada pensando en algo, podías tocarle la nuca con una pluma y saltaba de sus medias.
Era muy curioso. Pero Tom dijo que todas las mujeres eran exactamente así. Dijo que estaban hechas así por alguna razón u otra.