tamaño de un alarido de guerra, y a Tom se le pusieron las agallas medio azulencas, y todo aquello armó un buen revuelo durante un cuarto de minuto o cosa así, y yo lo habría vendido todo por mitad de precio de haber habido un comprador. Pero después de aquello ya estábamos bien otra vez; fue la repentina sorpresa lo que nos dejó un poco fuera de combate. El tío Silas dice:
—Es de lo más raro y curioso, no lo entiendo. Sé perfectamente que me lo quité, porque...
—Porque no tienes más que una puesta. ¡Escucha al hombre! Sé que te la quitaste, y lo sé por un medio mejor que tu memoria de membrillo, además, porque estaba ayer en el cordel de la ropa; ¡yo misma la vi allí!
Pero ya no está, eso es resumidas cuentas, y vas a tener que ponerte una de franela roja hasta que yo tenga tiempo de hacerte una nueva. Y será la tercera que te hago en dos años.
A una la trae de un ala mantenerte con camisas; y lo que diablos haces con todas ellas es más de lo que alcanzo a comprender. ¡Cualquiera pensaría que a tu edad aprenderías a cuidarlas un poco!
“Lo sé, Sally, y de verdad que hago todo lo que puedo. Pero no debería ser culpa mía del todo, porque, ya sabes, yo no los veo ni tengo nada que ver con ellos excepto cuando están encima de mí; y no creo que se me haya caído ninguno de encima jamás”.
—Pues no es culpa tuya si no lo has hecho, Silas; lo habrías hecho si hubieras podido, me figuro. Y la camisa no es lo único que ha desaparecido, tampoco. Hay una cuchara que ha desaparecido; y eso no es todo. Había diez, y ahora solo hay nueve. La ternera se llevó la camisa, me figuro, pero la ternera nunca se llevó la cuchara, eso seguro.
—¿Por qué, qué más falta, Sally?