ventana, ahí estaba ella, radiante y sonriente como una casa en llamas, y yo parado muy mansito y sudoroso al lado. El buen viejo se quedó mirando, y dice:
—Vaya, ¿quién es ese?
—¿Quién crees que es?
—No tengo la menor idea. ¿Quién es?
“¡Es Tom Sawyer!”
¡Válgame Dios, poco faltó para que me hundiera en el suelo! Pero no había tiempo para cambiar navajas; el viejo me agarró de la mano y me la sacudió, y siguió sacudiéndomela; y todo el tiempo cómo andaba la mujer dando brincos, riendo y llorando; y luego cómo se pusieron los dos a soltar preguntas sobre Sid, y Mary, y el resto de la tribu.
Pero si ellos estaban alegres, no era nada comparado conmigo; porque era como volver a nacer, de lo contento que estaba por averiguar quién era.
Bueno, se me pegaron como limpas durante dos horas; y al fin, cuando tenía la barbilla tan cansada que ya casi no me podía mover, les hable de mi familia —quiero decir la familia Sawyer— más de lo que jamás le sucedió a seis familias Sawyer juntas.
Y les expliqué todo acerca de cómo se nos reventó la culata del cilindro en la desembocadura del White River, y que tardamos tres días en arreglarla. Lo cual estuvo muy bien y funcionó de maravilla; porque ellos no sabían si tardaría tres días en arreglarse o no. Si lo hubiera llamado un perno, habría dado exactamente el mismo resultado.
Ahora me sentía bastante cómodo de un lado y bastante incómodo del otro.