El duque dice que sí. Entonces se armó un buen revuelo. Todo el mundo empieza a gritar: «¡Vendido!», y se levanta furioso, y se iba directo hacia el escenario y aquellos tragediantes. Pero un hombre alto y de buen aspecto se sube a un banco y grita:
“¡Esperen! Una sola palabra, caballeros”. Se detuvieron a escuchar.
“Nos han timado, y bien timado. Pero supongo que no querrémos ser el hazmerreír de todo este pueblo, ni oír hablar de esto el resto de nuestras vidas. No. Lo que queremos es irnos de aquí calladitos, recomendar esta función y ¡timar al resto del pueblo! Así estaremos todos en el mismo barco. ¿No les parece sensato?”
(¡Ya lo creo! ¡El juez tiene razón!, exclaman todos a coro).
“Muy bien, entonces; ni una sola palabra sobre el timo. Váyanse a casa y aconsejen a todo el mundo que venga a ver la tragedia”.
Al día siguiente no se oía hablar de otra cosa en todo el pueblo más que de lo espléndida que había sido aquella función.
La sala volvió a estar abarrotada esa noche, y le vendimos el mismo cuento a esta multitud.
Cuando el rey, el duque y yo volvimos a la balsa, cenamos todos; y al rato, hacia la medianoche, hicieron que Jim y yo la sacáramos bogando hasta la mitad del río, la dejáramos a la deriva y la arrimáramos a la orilla para esconderla como a dos millas río abajo del pueblo.
La tercera noche la casa volvió a estar abarrotada, y esta vez no eran recién llegados, sino gente que había estado en el espectáculo las otras dos noches. Me quedé junto al duque en la puerta, y vi que todos los hombres que entraban llevaban los bolsillos abultados, o algo envuelto