Me crucé a ese lado y me puse a verlos. Cuando se pusieron a la altura del extremo norte de la isla, dejaron de disparar, se arrimaron a la orilla de Misuri y se volvieron al pueblo.
Sabía que ya estaba a salvo. Ya nadie vendría a buscarme.
Saqué mis bartulos de la canoa y me armé un buen campamento en lo más espeso del bosque.
Me hice una especie de tienda con mis mantas para meter mis cosas debajo y que la lluvia no las mojara.
Pescé un siluro y lo abrí a trozos con la sierra, y al caer la tarde encendí la hoguera y cené.
Luego puse un sedal para pescar algo para el desayuno.
Cuando oscureció me senté junto a mi hoguera a fumar, sintiéndome bastante satisfecho; pero al poco rato se volvió como solitario, así que fui a sentarme en la orilla y escuché la corriente golpeando al pasar, y conté las estrellas y los troncos flotantes y las balsas que bajaban, y luego me fui a la cama; no hay mejor manera de pasar el tiempo cuando uno está solo; no se puede seguir así, uno se le pasa pronto.
Y así durante tres días y tres noches. Sin diferencia—exactamente lo mismo. Pero al día siguiente me fui a explorar por la isla abajo. Yo mandaba allí; era toda mía, por decirlo así, y quería conocerla a fondo; pero sobre todo quería matar el tiempo. Encontré montones de fresas, maduras y en su punto; y uvas verdes de verano, y frambuesas verdes; y las zarzamoras verdes apenas empezaban a asomar. Todo eso vendría bien más adelante, a mi parecer.
Bueno, anduve curioseando por el fondo del bosque hasta que calculé que no estaba lejos del pie de la isla.