modo tan entusiasta; luego entonaba otros dos para que los cantaran, y así sucesivamente. La gente se iba animando cada vez más y cantaba más y más fuerte; y hacia el final algunos empezaron a gemir y otros a gritar. Luego el predicador empezó a predicar, y empezó de veras, además; y se iba balanceando primero hacia un lado de la plataforma y luego hacia el otro, y luego inclinándose sobre el borde delantero de esta, con los brazos y el cuerpo en constante movimiento, y gritando sus palabras con todas sus fuerzas; y de vez en cuando levantaba la Biblia y la abría del todo, y como que la paseaba de un lado a otro, gritando: «¡Es la serpiente de bronce en el desierto! ¡Miradla y vivid!». Y la gente gritaba: «¡Gloria! ¡Amén!». Y así seguía, mientras la gente gemía, lloraba y decía amén:
“¡Oh, venid al banco de los penitentes! ¡venid, negros de pecado! (¡Amén!) ¡venid, enfermos y doloridos! (¡Amén!) ¡venid, cojos, tullidos y ciegos! (¡Amén!) ¡venid, pobres y menesterosos, hundidos en la vergüenza! (¡A‑A‑Amén!) ¡venid, todos los desgastados, manchados y sufrientes! —¡venid con espíritu quebrantado! ¡venid con corazón contrito! ¡venid con vuestros harapos, vuestro pecado y vuestra inmundicia! las aguas que limpian son gratuitas, la puerta del cielo está abierta —¡oh, entrad y descansad!” (¡A‑A‑Amén! ¡Gloria, Gloria Aleluya!)
Y así sucesivamente. Ya no se entendía lo que decía el predicador, a causa de los gritos y el llanto. La gente se levantaba por todas partes entre la multitud, y se habrían paso a pura fuerza hasta el banco de los penitentes, con las lágrimas rodándoles por la cara; y cuando todos los penitentes hubieron llegado allí, a los