mañana, seguro; y ella me apretaba la mano, o tal vez me besaba, y me pedía que se lo dijera otra vez, y que siguiera diciéndolo, porque le hacía bien, y estaba tan afligida. Y cuando se iba, me miró a los ojos con tanta fijeza y dulzura, y dijo:
—La puerta no va a estar cerrada con llave, Tom, y ahí tienes la ventana y la vara; pero te portarás bien, ¿verdad? ¿Y no te irás? Por mí.
Válgame Dios que yo tenía ganas de ir bastante como para saber de Tom, y tenía toda la intención de ir; pero después de aquello no habría ido ni por reinos.
Pero ella estaba en mi pensamiento y Tom estaba en mi pensamiento, así que dormí muy inquieto. Y dos veces bajé por el camino ya entrada la noche, y me deslicé hacia el frente, y la vi sentada allí junto a su vela en la ventana con los ojos hacia el camino y lágrimas en ellos; y deseé poder hacer algo por ella, pero no pude, más que jurar que nunca volvería a hacer nada para afligirla. Y la tercera vez me desperté al amanecer, y me deslicé hacia abajo, y ella todavía estaba allí, y su vela casi se había consumido, y su vieja cabeza canosa descansaba sobre su mano, y estaba dormida.