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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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XXIX

Traían con ellos a un viejito de muy buen parecer, y a otro más joven y también de buen parecer, con el brazo derecho en cabestrillo. Y, ¡santo cielo!, cómo gritaba y se reía la gente, y seguía con la bulla.

Pero yo no le veía la gracia por ningún lado, y creí que al duque y al rey les costaría bastante encontrarle alguna. Me imaginé que se pondrían pálidos. Pero qué va, de pálidos nada de nada.

El duque ni dio muestras de sospechar lo que se traían entre manos, sino que se andaba por ahí haciendo gorgoritos, contento y satisfecho, como un cántaro que suelta suero de mantequilla; y en cuanto al rey, se quedó mirándome y mirándome desde lo alto a esos recién llegados con cara de pesar, como si le diera un dolor de estómago en lo más hondo del corazón pensar que pudiera haber semejantes farsantes y granujas en el mundo. ¡Vaya, lo hizo de maravilla.

Mucho de la gente principal se rejuntó alrededor del rey para hacerle ver que estaban de su parte. Aquel viejito que acababa de llegar tenía cara de estar más confuso que un pollo. Al poco rato empezó a hablar, y enseguida vi que pronunciaba como un inglés, no a la manera del rey, aunque la del rey era bastante buena para ser una imitación.

No puedo repetir las palabras del viejo, ni tampoco imitarlo; pero se volvió hacia la multitud y dijo más o menos esto:

“Esto es una sorpresa para mí que no andaba buscando; y he de reconocer, con franqueza y sin rodeos, que no estoy muy bien preparado para hacerle frente y responder; porque mi hermano y yo hemos tenido desgracias; se ha roto un brazo y nuestro equipaje lo bajaron anoche en un pueblo más arriba de aquí por equivocación.

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