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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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XXI

Era ya pasado el amanecer, pero seguimos adelante sin atracar. El rey y el duque salieron al rato con aspecto bastante desaliñado; pero después de tirarse por la borda y echarse un baño, se animaron un buen cacho.

Después de desayunar, el rey se sentó en un rincón de la balsa, se quitó las botas, se remangó los pantalones y dejó que las piernas le pendieran en el agua para estar cómodo; encendió la pipa y se puso a aprenderse de memoria su Romeo y Julieta.

Cuando ya se lo sabía bastante bien, él y el duque empezaron a ensayarlo juntos. El duque tuvo que enseñarle una y otra vez cómo decir cada parlamento; y le hizo suspirar, y ponerse la mano en el corazón, y al cabo de un rato dijo que le salía bastante bien; «solo que —dice—, no tienes que rugir ¡Romeo! de esa manera, como un toro; tienes que decirlo suave, enfermizo y lánguido, así: ¡R-o-o-meo!, esa es la idea; porque Julieta es una niña tierna, dulce y chiquita, ya sabes, y no rebuzna como un burro».

Pues bien, luego sacaron un par de espadas largas que el duque había hecho con listones de roble, y se pusieron a practicar el combate con espada —el duque se hacía llamar Ricardo III—; y la manera en que se daban estopa y correteaban por la balsa era grandiosa de ver. Pero al rato el rey tropezó y cayó por la borda, y después de eso se tomaron un descanso y estuvieron charlando sobre todo tipo de aventuras que habían vivido en otros tiempos a lo largo del río.

Después de cenar, el duque dice:

—Bueno, Capet, ya sabes que queremos que esto sea un espectáculo de primera, así que supongo que le añadiremos un poco más. De todos modos, queremos tener algo con qué responder a los bises.

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