“¿Qué es onkores, Bilgewater?”
El duque se lo contó, y luego le dice:
—Contestaré bailando el Highland fling o la sailor’s hornpipe; y tú, bueno, déjame ver, oh, ya sé, tú puedes hacer el soliloquio de Hamlet.
“¿El cuál de Hamlet?”
“El soliloquio de Hamlet, ya saben; lo más célebre de Shakespeare. ¡Ah, es sublime, sublime! Siempre se mete al público en el bolsillo. No lo tengo en el libro—solo tengo un tomo—, pero creo que puedo reconstruirlo de memoria. Voy a pasearme arriba y abajo un minuto, y a ver si logro traerlo de los sótanos del recuerdo”.
Así que se puso a marchar de un lado para otro, pensando, y frunciendo el ceño de forma horrible de vez en cuando; luego se encogía de hombros; acto seguido se apretaba la frente con la mano, daba un paso atrás y soltaba como un gemido; después suspiraba, y a continuación fingía soltar una lágrima. Era precioso verle.
Al poco rato lo tenía. Nos mandó prestar atención.
Entonces adopta una postura altísima, con una pierna estirada hacia delante, los brazos bien altos y la cabeza inclinada hacia atrás, mirando al cielo; y luego empieza a despotricar, a echar pestes y a rechinar los dientes; y después de eso, a lo largo de todo su discurso, aullaba, gesticulaba, inflaba el pecho y le daba mil vueltas a cualquier actuación que hubiera visto en mi vida.
Este es el discurso—me lo aprendí, sin ninguna dificultad, mientras él se lo enseñaba al rey:
Ser o no ser; he ahí el leve punzón que hace de una vida tan larga una calamidad; pues ¿quién soportaría cargas, hasta