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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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Capítulo XXXIX

Siempre se le llama así cuando se escapa un rey, p’r ejemplo. Y lo mismo con el hijo de un rey; da igual que sea natural o antinatural”.

Así que Tom escribió la carta anónima, y yo me robé el vestido de la negra esa noche, y me lo puse, y lo metí por debajo de la puerta de entrada, tal como Tom me había dicho. Decía:

Cuidado. Se avecinan problemas. No bajéis la guardia.

La noche siguiente clavamos en la puerta de entrada un dibujo de una calavera con tibias cruzadas que Tom había hecho con sangre; y la noche siguiente, otro de un ataúd en la puerta trasera.

Jamás he visto a una familia tan acojonada. No habrían estado más asustados si el lugar hubiera estado lleno de fantasmas acechándolos detrás de cada cosa, debajo de las camas y flotando temblorosos por el aire.

Si una puerta daba un portazo, la tía Sally daba un brinco y decía «¡ay!»; si algo se caía, daba un brinco y decía «¡ay!»; si uno llegaba a tocarla cuando estaba distraída, hacía lo mismo; no había forma de que estuviera tranquila en ningún lado, porque se imaginaba que había algo detrás de ella todo el tiempo; así que se pasaba el día girándose de golpe, diciendo «¡ay!», y antes de haber completado las dos terceras partes del giro volvía a girarse hacia el otro lado y lo decía otra vez; y le daba miedo irse a la cama, pero no se atrevía a quedarse levantada.

Así que la cosa iba marchando muy bien, decía Tom; decía que jamás había visto algo que funcionara de manera más satisfactoria. Decía que eso demostraba que estaba bien hecho.

De modo que dijo: «¡Y ahora vamos con el gran abultamiento!». Así que a la mañana siguiente, al rayar el alba, tuvimos otra carta lista, y nos preguntábamos qué sería mejor hacer con ella, porque les habíamos oído

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