fuerzas, y tan borracho que no podía ni andar, y no les podía hacer nada. El duque empezó a insultarlo por viejo imbécil, y el rey empezó a contestarle insolente, y en cuanto se enzarzaron de veras, salí disparado y estiré las piernas al máximo, y bajé zumbando por el camino del río como un ciervo, pues vi nuestra oportunidad; y me metí en la cabeza que pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a vernos a mí y a Jim. Llegué allá sin aliento pero repleto de alegría, y grité:
—¡Suéltala, Jim! ¡Ya estamos a salvo!
Pero no hubo respuesta, y nadie salió de la choza. ¡Jim se había ido! Pegué un grito, y luego otro, y luego otro más; y corrí de aquí para allá por el bosque, dando alaridos y chillidos; pero no servía de nada: el viejo Jim se había ido. Entonces me senté a llorar; no lo pude evitar. Pero no pude quedarme quieto mucho tiempo. Al rato salí al camino, tratando de pensar qué me convenía hacer, y me topé con un muchacho que iba caminando, y le pregunté si había visto a un negro extraño vestido de tal y cual forma, y me dice:
“Sí.”
—¿Por dónde más o menos? —digo yo.
«A la finca de Silas Phelps, a dos millas río abajo de aquí. Es un negro fugitivo, y lo han atrapado. ¿Lo andaba buscando?»
—¡Claro que no! Me lo encontré en el bosque hace cosa de una hora o dos, y me dijo que si gritaba me arrancaría el hígado, y me mandó que me acostara y me quedara donde estaba; y eso hice. He estado ahí desde entonces; con miedo de salir.
—Bueno —dice—, ya no tiene por qué tener miedo, polque ya lo han cogido. Se escabulló de por ahí abajo, del Sur, en alguna parte.
“Menos mal que lo cogieron”.