Cuando iban bajando por la escalerilla, el duque vuelve a soltar una risita y dice:
“¡Ventas rápidas y pequeños beneficios! Es un buen negocio, sí”.
El rey le gruñe y le dice:
“Yo intentaba hacerlo lo mejor posible al venderlos tan rápido. Si al final no ha habido ganancias, faltando considerablemente, y sin nada que repartir, ¿es culpa mía más que suya?”
«Pues bien, aún estarían en esta casa y nosotros no si se hubiera tomado en cuenta mi consejo».
El rey le contestó con tanta insolencia como le era prudente, y luego cambió de tono y volvió a arremeter contra mí. Me puso de vuelta y media por no haber ido a avisarle en cuanto vi a los negros salir de su cuarto con esos aires —dijo que cualquier tonto se habría dado cuenta de que algo pasaba—. Y luego entró al trapo y se maldijo un rato a sí mismo, y dijo que todo había sido por no haberse quedado en la cama hasta tarde y haber dormido lo que el cuerpo le pedía esa mañana, y que lo mataran si volvía a hacerlo jamás.
Así que se fueron por ahí regañando; y yo me sentí tremendamente alegre de habérselo encasquetado todo a los negros, sin haberles hecho ningún mal por ello.