¡Boggs!
Miré hacia allá para ver quién lo había dicho, y era ese coronel Sherburn. Estaba de pie, completamente inmóvil en la calle, y tenía una pistola levantada en la mano derecha —no apuntando, sino sosteniéndola con el cañón inclinado hacia el cielo—. En ese mismo segundo veo venir a una muchacha a la carrera, y a dos hombres con ella. Boggs y los hombres se volvieron para ver quién lo había llamado, y cuando vieron la pistola los hombres se hicieron a un lado, y el cañón de la pistola bajó lenta y firmemente hasta quedar horizontal—con los dos martillos armados. Boggs levanta las dos manos y dice: «¡Oh, Señor, no dispare!». ¡Pum! suena el primer disparo, y él tambalea hacia atrás, arañando el aire—¡pum! suena el segundo, y cae de espaldas al suelo, pesada y rígidamente, con los brazos abiertos. Esa muchacha pegó un grito y se vino corriendo, y se arrojó sobre su padre, llorando y diciendo: «¡Ay, lo ha matado, lo ha matado!». La multitud se cerró alrededor de ellos, empujándose y apretándose los unos a los otros, con los pescuezos estirados, tratando de ver, mientras la gente de adentro intentaba empujarlos hacia atrás y gritaba: «¡Atrás, atrás! ¡denle aire, denle aire!».
El coronel Sherburn tiró su pistola al suelo, dio media vuelta y se marchó.
Llevaron a Boggs a una pequeña farmacia, con la muchedumbre apretándose alrededor de todos modos y todo el pueblo detrás, y yo corrí y conseguí un buen lugar en la ventana, desde donde estaba cerca de él y podía ver adentro. Lo acostaron en el suelo y le pusieron una Biblia grande bajo la cabeza, y abrieron otra y se la extendieron sobre el pecho; pero primero le rompieron la camisa y vi por dónde le había entrado una de las balas. Dio como una docena de boqueadas largas, con el pecho