Al día siguiente, hacia la noche, nos arrimamos a un pequeño islote de sauces en medio del río, donde había un pueblo a cada lado, y el duque y el rey empezaron a trazar un plan para esquilmar esos pueblos.
Jim le habló al duque y le dijo que esperaba que no llevara más que unas pocas horas, porque se le hacía muy pesado y cansado tener que estar todo el día en la choza atado con la soga.
Ya ven, cuando lo dejábamos completamente solo teníamos que atarlo, porque si a alguien se le ocurría dar con él sin estar atado, no iba a parecer mucho que era un negro fugitivo, ya saben.
Así que el duque dijo que era un fastidio tener que estar atado todo el día, y que se ingeniaría alguna manera de evitarlo.
El duque era de una inteligencia poco común, y enseguida dio con la solución. Disfrazó a Jim con el atuendo del rey Lear —que consistía en una bata larga de indiana de cortina, y una peluca y patillas de crin de caballo blanca—; y luego cogió su pintura de teatro y le pintó a Jim la cara, las manos, las orejas y el cuello entero de un azul mortecino, mate y uniforme, como el de un hombre que lleva nueve días ahogado.
Que me aspen si no era el esperpento más horrible que había visto en mi vida. Luego el duque cogió una tablilla de tejamaní y escribió un cartel que decía así:
Árabe enfermo—pero inofensivo cuando no está delirando.
Y clavó esa tablilla a un listón, y levantó el listón a cuatro o cinco pies de distancia frente a la choza. Jim quedó satisfecho. Dijo que era muchísimo