Pasaron dos o tres días y noches; supongo que podría decir que nadaron, de lo quieto, suave y hermoso que se deslizaban.
Así es como pasábamos el tiempo.
Era un río condenadamente grande por allí abajo —a veces de una milla y media de ancho—; viajábamos de noche, y nos amarrábamos y nos ocultábamos de día; tan pronto como la noche estaba casi acabada dejábamos de navegar y atábamos —casi siempre en el agua muerta bajo un banco de arena arbolado—; y entonces cortábamos álamos negros y sauces jóvenes, y ocultábamos la balsa con ellos. Luego echábamos los sedales.
Luego nos deslizamos en el río y nos dimos un baño para refrescarnos y quitarnos el calor; después nos sentamos en el fondo arenoso, donde el agua nos llegaba más o menos a las rodillas, y nos pusimos a ver cómo aclaraba el día. Ni un solo ruido en ninguna parte —una quietud absoluta—, como si todo el mundo estuviera dormido, a excepción, quizás, del croar intermitente de las ranas toro.
Lo primero que se veía, mirando por encima del agua, era una especie de línea apagada—esos eran los bosques del otro lado; no se distinguía nada más; luego una mancha pálida en el cielo; luego más palidez extendiéndose alrededor; luego el río se ponía blando allá a lo lejos, y ya no era negro, sino gris; se veían pequeños puntos oscuros flotando a lo lejos y tan distante—barcazas de carga y cosas así; y largas vetas negras—balsas; a veces se oía crujir un remo; o voces confundiéndose, estaba tan tranquilo y los sonidos llegaban tan lejos; y poco a poco se podía ver una raya en el agua que por el aspecto de la raya uno sabe que hay un tronco sumergido en una corriente rápida que rompe en él y hace que esa raya se