vea así; y se ve la neblina elevarse del agua, y el este se pone rojo, y el río, y se distingue una cabaña de troncos al borde del bosque, allá en la orilla del otro lado del río, siendo un depósito de leña, probablemente, y amontonada por esos tramposos de modo que se puede tirar un perro a través de ella por cualquier parte; luego surge la brisa agradable, y viene abanicándote desde allá enfrente, tan fresca y lozana y de dulce olor debido a los bosques y las flores; pero a veces no de esa manera, porque han dejado peces muertos por ahí tirados, catanes y cosas así, y sí que se ponen bastante hediondos; y luego ya tienes el día entero, y todo sonriente bajo el sol, ¡y los pájaros cantores dándolo todo!
Un poco de humo ya no se notaría, así que sacábamos algunos pescados de los sedales y preparábamos un desayuno caliente. Y después contemplábamos la desolación del río, y medio holgazaneábamos por ahí, y al rato nos quedábamos dormidos sin prisa. Despertarse al rato, y mirar a ver qué lo había causado, y tal vez ver un barco de vapor resoplando río arriba, tan lejos hacia la otra orilla que no se podía saber nada de él salvo si era de rueda a popa o de ruedas laterales; luego, durante una hora más o menos, no habría nada que oír ni nada que ver—pura y absoluta desolación. Después se veía una balsa deslizándose, allá a lo lejos, y tal vez a algún fulano en ella cortando leña, porque casi siempre lo están haciendo en una balsa; se veía el hacha brillar y bajar—no se oía nada; se veía esa bacha subir de nuevo, y para cuando estaba por encima de la cabeza del hombre entonces se oía el ¡cataplum!—le había tomado todo ese tiempo cruzar el agua. Así pasábamos el día, holgazaneando por ahí, escuchando la quietud. Una vez hubo una espesa niebla, y las balsas y los bártulos que pasaban iban tocando cacerolas de estaño para que los vapores no los atropellaran. Una barcaza o una balsa pasó tan cerca que podíamos oírles hablar, maldecir y reír—los oíamos claramente; pero no podíamos ver ni rastro de ellos; a uno le daba un escalofrío; era como espíritus haciendo de las suyas por el aire. Jim dijo que creía que eran espíritus; pero yo le digo:
“No; los espíritus no dirían: «Maldita sea la maldita niebla»”.