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nydus/The Adventures of Huckleberry FinnPublic
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XIX

vea así; y se ve la neblina elevarse del agua, y el este se pone rojo, y el río, y se distingue una cabaña de troncos al borde del bosque, allá en la orilla del otro lado del río, siendo un depósito de leña, probablemente, y amontonada por esos tramposos de modo que se puede tirar un perro a través de ella por cualquier parte; luego surge la brisa agradable, y viene abanicándote desde allá enfrente, tan fresca y lozana y de dulce olor debido a los bosques y las flores; pero a veces no de esa manera, porque han dejado peces muertos por ahí tirados, catanes y cosas así, y sí que se ponen bastante hediondos; y luego ya tienes el día entero, y todo sonriente bajo el sol, ¡y los pájaros cantores dándolo todo!

Un poco de humo ya no se notaría, así que sacábamos algunos pescados de los sedales y preparábamos un desayuno caliente. Y después contemplábamos la desolación del río, y medio holgazaneábamos por ahí, y al rato nos quedábamos dormidos sin prisa. Despertarse al rato, y mirar a ver qué lo había causado, y tal vez ver un barco de vapor resoplando río arriba, tan lejos hacia la otra orilla que no se podía saber nada de él salvo si era de rueda a popa o de ruedas laterales; luego, durante una hora más o menos, no habría nada que oír ni nada que ver⁠—pura y absoluta desolación. Después se veía una balsa deslizándose, allá a lo lejos, y tal vez a algún fulano en ella cortando leña, porque casi siempre lo están haciendo en una balsa; se veía el hacha brillar y bajar⁠—no se oía nada; se veía esa bacha subir de nuevo, y para cuando estaba por encima de la cabeza del hombre entonces se oía el ¡cataplum!⁠—le había tomado todo ese tiempo cruzar el agua. Así pasábamos el día, holgazaneando por ahí, escuchando la quietud. Una vez hubo una espesa niebla, y las balsas y los bártulos que pasaban iban tocando cacerolas de estaño para que los vapores no los atropellaran. Una barcaza o una balsa pasó tan cerca que podíamos oírles hablar, maldecir y reír⁠—los oíamos claramente; pero no podíamos ver ni rastro de ellos; a uno le daba un escalofrío; era como espíritus haciendo de las suyas por el aire. Jim dijo que creía que eran espíritus; pero yo le digo:

“No; los espíritus no dirían: «Maldita sea la maldita niebla»”.

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