Cuando bajé del árbol, me arrastré un trecho por la orilla del río y encontré los dos cuerpos tendidos en la orilla del agua, y tiré de ellos hasta sacarlos a tierra; luego les cubrí las caras y me alejé tan rápido como pude. Lloré un poco cuando le cubría la cara a Buck, porque se había portado muy bien conmigo.
Apenas empezaba a oscurecer. Nunca me acerqué a la casa, sino que atravesé el bosque en dirección al pantano. Jim no estaba en su isla, así que caminé apurado hacia el arroyo, y me abrí paso a empujones entre los sauces, con unas ganas locas de saltar a bordo y largarme de ese maldito lugar. ¡La balsa no estaba! ¡Válgame Dios, qué susto me llevé! No pude respirar casi por un minuto. Entonces pegué un grito. Una voz a no más de veinticinco pies de mí dijo:
—¡Dios santito!, ¿eres tú, mi amor? No hagas ruido.
Era la voz de Jim; nada me había sonado nunca tan bien. Corrí un trecho por la orilla y subí a bordo, y Jim me agarró y me abrazó, estaba tan contento de verme. Dice:
—¡Dios te bendiga, muchacho, estaba de lo más seguro de que estabas muerto! Jack ha estado aquí; dice que se figura que te han pegado un tiro, porque no volviste más; así que iba mismamente en este minuto a arrancar con la balsa hacia la boca del arroyo, para tenerlo todo listo para zarpar y pirarme en cuanto Jack viniera otra vez y me dijera de fijo que estás muerto. ¡Caramba, qué alegría me da tenerte de vuelta, cariño!
Yo digo: