La conciencia atormenta a Tom
Cerca de la hora del mediodía, todo el pueblo quedó repentinamente electrizado con la espantosa noticia. No hacía falta el telégrafo —aún no soñado por entonces—; la historia voló de boca en boca, de grupo en grupo, de casa en casa, con poco menos que velocidad telegráfica. Por supuesto, el maestro dio la tarde libre; el pueblo le habría tomado por extraño de no haberlo hecho.
Un cuchillo ensangrentado había sido encontrado cerca del hombre asesinado, y alguien lo había reconocido como propiedad de Muff Potter—según corría la historia. Y se decía que un ciudadano desvelado se había topado con Potter lavándose en el «arroyo» alrededor de la una o las dos de la madrugada, y que Potter se había escurrido al instante—circunstancias sospechosas, especialmente lo del lavado, que no era un hábito en Potter. Se decía también que el pueblo había sido cateado de arriba a fondo en busca de este «asesino» (el público no se demora en la tarea de sopesar pruebas y emitir un veredicto), pero que no había podido ser hallado. Jinetes habían partido por todos los caminos en todas direcciones, y el jerife «confiaba» en que sería capturado antes de caer la noche.
Todo el pueblo iba derivando hacia el cementerio. El desconsuelo de Tom se desvaneció y se unió a la procesión, no porque no hubiera preferido mil veces ir a cualquier otra parte, sino porque una fascinación terrible e inexplicable lo arrastraba. Al llegar al espantoso lugar, deslizó su pequeño cuerpo entre la multitud y contempló el lúgubre espectáculo. Le pareció que había pasado una