Todo en el campamento estaba empapado, también la fogata; pues no eran más que muchachos descuidados, como los de su generación, y no habían tomado precauciones contra la lluvia.
Había motivos para la consternación, pues estaban calados hasta los huesos y tenían frío. Se explayaron con elocuencia sobre su desdicha; pero pronto descubrieron que el fuego se había metido tan por debajo del gran tronco contra el que se había armado (donde este se curvaba hacia arriba y se separaba del suelo), que una superficie de poco más de un ancho de mano se había librado de mojarse; así que trabajaron con paciencia hasta que, con virutas y corteza recolectadas de la parte inferior de los troncos resguardados, persuadieron al fuego para que volviera a arder.
Luego amontonaron grandes ramas secas hasta tener una hoguera rugiente, y volvieron a alegrarse. Secaron su jamón hervido y se dieron un festín, y después de eso se sentaron junto al fuego, magnificando y ensalzando su aventura de medianoche hasta la mañana, pues no había ni un solo lugar seco donde dormir en los alrededores.