después todos los dependientes jóvenes del pueblo en bloque—pues se habían quedado en el vestíbulo chupando los puños de sus bastones, un muro circular de admiradores engominados y sonrientes, hasta que la última chica hubo pasado por ese suplicio; y el último de todos vino el Niño Modelo, Willie Mufferson, cuidando de su madre con tanta cautela como si fuera cristal tallado.
Él siempre llevaba a su madre a la iglesia, y era el orgullo de todas las matronas. Los muchachos lo odiaban, era tan bueno. Y además, se lo habían “echado en cara” tanto. Su pañuelo blanco asomaba por el bolsillo trasero, como de costumbre los domingos—sin querer. Tom no tenía pañuelo, y consideraba que los muchachos que lo tenían eran unos presumidos.
Estando ya la congregación por completo reunida, la campana volvió a sonar una vez más para advertir a los rezagados y extraviados, y entonces un solemne silencio se abatió sobre la iglesia, solo roto por las risitas y los susurros del coro en la tribuna.
El coro siempre se reía y susurraba durante todo el servicio. Hubo una vez un coro de iglesia que no era maleducado, pero ya he olvidado dónde fue. Hace muchos años de aquello, y apenas puedo recordar nada al respecto, pero creo que fue en algún país extranjero.
El ministro dio el himno a conocer y lo leyó de cabo a rabo con fruición, en un estilo peculiar que era muy admirado en aquella parte del país. Su voz empezaba en un tono medio y ascendía sin pausa hasta llegar a cierto punto, donde se apoyaba con gran énfasis en la palabra más alta para luego precipitarse como desde un trampolín:
¿Acaso he de ser llevado a los cielos, en lechos floridos de reposo, mientras otros luchan por ganar el premio y navegan por mares de san-gre?