no es sordo y mudo; se te ha escapado eso sin querer; ya no puedes ocultarlo. Sabes algo de ese español que quieres callar. Ahora confía en mí, dime qué es y confía en mí; no te traicionaré.
Huck miró a los honestos ojos del viejo un momento, luego se inclinó y le susurró al oído:
—¡No es ningún español, es el indio Joe!
El galés casi salta de su silla. Al momento dijo:
—Todo está bien claro ahora. Cuando hablaste de muescas en las orejas y narices rajadas, juzgué que eso era un adorno tuyo, porque los hombres blancos no se vengan de esa manera. ¡Pero un indio! Ese es otro cantar muy distinto.
Durante el desayuno la charla continuó, y en el transcurso de esta el viejo dijo que lo último que él y sus hijos habían hecho, antes de irse a la cama, había sido agarrar un farol y examinar el tranco y sus alrededores en busca de rastros de sangre. No encontraron ninguno, pero capturaron un voluminoso fajo de—
“¿De qué?”
Si las palabras hubiesen sido relámpagos, no habrían podido saltar con mayor y más deslumbrante brusquedad de los labios blanqueados de Huck. Sus ojos se abrieron desmesuradamente en aquel momento, y su respiración quedó suspendida, a la espera de la respuesta. El galés dio un sobresalto, le devolvió la mirada —tres segundos, cinco segundos, diez— y luego respondió:
“De herramientas de ladrón. Vaya, ¿qué te pasa?”
Huck volvió a recostarse, jadeando suavemente, pero con una gratitud profunda e inefable. El galés lo miró con seriedad y curiosidad, y al poco tiempo dijo: