«¡Yo, en efecto! Yo soy Robin Hood, como bien pronto habrá de saber tu mísero pellejo».
—¿Eres entonces en verdad aquel famoso bandolero? Con gran alegría disputaré contigo los pasos del alegre bosque. ¡A ti paso!
Tomaron sus espadas de listón, arrojaron sus otros achiperres al suelo, adoptaron una actitud de esgrima, pie con pie, y comenzaron un combate serio y cuidadoso, «dos arriba y dos abajo».
Al poco rato Tom dijo:
“¡Ahora, si ya le has cogido el truco, dale con alegría!”
Así que «se pusieron manos a la obra con energía», jadeando y sudando con el trabajo. Al poco rato, Tom exclamó:
“¡Cae! ¡cae! ¿Por qué no caes?”
—¡No me da la gana! ¿Por qué no te caes tú? Te estás llevando la peor parte.
“Vaya, eso no es nada. Yo no puedo caerme; las cosas no son así en el libro. El libro dice:
‘Luego, de un revés, dio muerte al pobre Guy de Gisborne.’
Tienes que darte la vuelta y dejar que te pegue en la espalda”.
No había forma de evitar a las autoridades, así que Joe se dio la vuelta, recibió el golpe y cayó.
—Ahora —dijo Joe, levantándose—, tienes que dejar que te mate. Es lo justo.
—Pues no puedo hacer eso, no está en el libro.