Un ruido llegó a sus oídos. En un instante prestó toda su atención. La puerta del callejón se cerró suavemente. Él dio un salto hacia la esquina de la tienda de ladrillos.
Al momento siguiente, dos hombres pasaron rozándolo, y uno pareció llevar algo bajo el brazo. ¡Tenía que ser esa caja! Así que iban a mudar el tesoro. ¿Para qué llamar a Tom ahora? Sería absurdo: los hombres se escaparían con la caja y nunca más los volverían a encontrar.
No, les seguiría los pasos y los iría persiguiendo; confiaría en la oscuridad para estar a salvo de ser descubierto. Dialogando así consigo mismo, Huck dio un paso al frente y se deslizó sigilosamente detrás de los hombres, como un gato, con los pies descalzos, permitiendo que se mantuvieran justo lo suficientemente lejos como para no volverse invisibles.
Avanzaron tres manzanas por la calle del río y luego torcieron a la izquierda por una calle transversal. Siguieron todo recto hasta llegar al sendero que subía a la colina de Cardiff; lo tomaron. Pasaron de largo frente a la casa del viejo galés, a mitad de la colina, sin dudar, y siguieron subiendo. Bien, pensó Huck, van a enterrarlo en la vieja cantera. Pero nunca se detuvieron en la cantera. Continuaron hasta la cima. Se adentraron en el estrecho sendero entre los altos zumaques y enseguida quedaron ocultos en la penumbra. Huck acortó distancias y se pegó más ahora, pues ya jamás podrían verlo. Trotó un rato; luego aminoró el paso, temiendo acercarse demasiado de repente; avanzó un trecho y se detuvo por completo; escuchó; ningún sonido; ninguno, salvo el latido de su propio corazón, que parecía oír. El ulular de un búho resonó al otro lado de la colina: ¡sonido ominoso! Pero ni rastro de pasos. ¡Cielos, se había perdido todo! ¡Estaba a punto de echar a correr con pies alados cuando un hombre se aclaró la garganta a menos de cuatro pies de él! El corazón de Huck se le subió a la garganta, pero volvió a tragárselo; y entonces se quedó allí temblando como si una docena de tercianas se hubieran