vagando por el ancho mundo para no regresar jamás; y terminó esperando que Joe no lo olvidara.
Pero resultó que esta era una petición que Joe justo iba a hacerle a Tom, y había venido a buscarlo con ese propósito.
Su madre lo había azotado por beberse cierta nata que él jamás había probado ni sabía nada al respecto; era evidente que estaba cansada de él y deseaba que se fuera; si ella se sentía así, no le quedaba más remedio que ceder; esperaba que fuera feliz y que nunca se arrepintiera de haber expulsado a su pobre muchacho al mundo insensible a sufrir y morir.
Mientras los dos muchachos caminaban apesadumbrados, hicieron un nuevo pacto de apoyarse mutuamente, de ser hermanos y no separarse nunca hasta que la muerte los librara de sus penas.
Luego empezaron a trazar sus planes. Joe era partidario de ser un ermitaño, vivir de mendrugos en una cueva remota y morir, algún día, de frío, necesidad y pena; pero tras escuchar a Tom, reconoció que había ciertas ventajas notorias en una vida de crimen, por lo que accedió a ser pirata.
Tres millas río abajo de San Petersburgo, en un punto donde el río Misisipi tenía un poco más de una milla de ancho, había una isla boscosa, larga y estrecha, con un banco de arena poco profundo en su extremo superior, lo cual se prestaba muy bien como punto de reunión. No estaba habitada; yacía muy cerca de la otra orilla, frente a un bosque denso y casi totalmente despoblado. Así que la isla de Jackson fue la elegida. Quiénes habrían de ser las víctimas de sus fechorías piratas era un asunto que ni se les pasó por la cabeza. Luego fueron a buscar a Huckleberry Finn, quien se les unió de inmediato, pues para él todas las carreras eran iguales; le daba lo mismo.