Piratas en su propio funeral
Pero no había algarabía en el pueblecito aquella misma apacible tarde de sábado. La familia Harper y la de la tía Polly estaban de luto, con gran dolor y muchas lágrimas.
Una inusual quietud reinaba en el pueblo, aunque por lo general ya era bastante tranquilo, a decir verdad. Los aldeanos atendían sus asuntos con aire ausente y hablaban poco; pero suspiraban a menudo.
El día libre del sábado parecía una carga para los niños. No tenían ánimos para sus juegos y, poco a poco, los fueron abandonando.
Por la tarde, Becky Thatcher se encontró deambulando por el patio desierto de la escuela y sintiéndose muy melancólica. Pero no encontró allí nada que la consolasela. Se dijo a sí misma:
—¡Oh, si tan solo tuviera otra vez el pomo de un bargueño de latón! Pero ahora no me queda nada para recordarlo. Y ahogó un pequeño sollozo.
Al poco rato se detuvo y se dijo a sí misma:
“Fue justo aquí. Ay, si pudiera volver atrás, no diría eso... no lo diría por nada del mundo. Pero ya se ha ido; nunca, nunca, nunca volveré a verle”.
Este pensamiento la derrumbó, y se alejó divagando, con lágrimas rodándole por las mejillas. Entonces todo un grupo de muchachos y