La boca de la cueva estaba en la ladera, una abertura con forma de letra A. Su enorme puerta de roble estaba sin trancar. Dentro había una pequeña cámara, helada como una nevera, cuyas paredes eran de piedra caliza maciza, obra de la Naturaleza, húmedas por un sudor frío. Era romántico y misterioso pararse allí en la profunda penumbra y contemplar el valle verde que brillaba bajo el sol. Pero la solemnidad del lugar se desvaneció rápidamente y los juegos re comenzaron. En cuanto se encendía una vela, se lanzaban todos en tromba contra su dueño; se sucedían una lucha y una defensa valiente, pero la vela no tardaba en ser derribada o apagada, y entonces estallaba un alegre griterío de risas y una nueva persecución.
Pero todo tiene su fin. Poco después, la procesión fue desfilando por la empinada bajada de la avenida principal, mientras la parpadeante hilera de luces revelaba tenuemente las altísimas paredes de roca casi hasta su punto de unión a sesenta pies de altura. Esta avenida principal no tenía más de ocho o diez pies de ancho. A cada pocos pasos, otras