Al fin conspiraron juntos y urdieron un plan que prometía una victoria rotunda. Juramentaron al muchacho del rotulista, le contaron la treta y le pidieron ayuda.
Éste tenía sus propias razones para estar encantado, pues el maestro se hospedaba en su casa y le había dado motivos de sobra para odiarlo. La esposa del maestro se iría de visita al campo en pocos días, y no habría nada que interfiriera con el plan; el maestro siempre se preparaba para las grandes ocasiones emborrachándose a más no poder, y el muchacho del rotulista dijo que, cuando el dominie hubiera alcanzado el estado adecuado en la Noche de Exámenes, él «se encargaría del asunto» mientras dormitaba en su sillón; luego lo despertarían a la hora debida y lo apresurarían rumbo a la escuela.
A su debido tiempo llegó la interesante ocasión.
A las ocho de la noche la escuela estaba brillantemente iluminada, y adornada con guirnaldas y festones de follaje y flores. El maestro se sentaba entronizado en su gran silla sobre una tarima elevada, con la pizarra detrás de él. Tenía un aspecto bastante afable.
Tres filas de bancas a cada lado y seis filas frente a él estaban ocupadas por los dignatarios del pueblo y por los padres de los alumnos. A su izquierda, detrás de las filas de ciudadanos, había una amplia plataforma provisional en la que estaban sentados los escolares que iban a tomar parte en los ejercicios de la noche; filas de muchachos pequeños, lavados y vestidos hasta un estado intolerable de incomodidad; filas de muchachos grandes y desgarbados; ventisqueros de niñas y jóvenes vestidas de lino y muselina y visiblemente conscientes de sus brazos descubiertos, las viejas alhajas de sus abuelas, sus trozos de cinta rosa y azul y las flores en el cabello.
Todo el resto del local estaba lleno de escolares no participantes.