—¡Ay, Tom, no hiciste ninguna marca!
—¡Becky, fui un gran tonto! ¡Un gran tonto! ¡Nunca pensé que podríamos querer volver! No... no puedo encontrar el camino. Está todo confundido.
“¡Tom, Tom, estamos perdidos! ¡estamos perdidos! ¡Jamás podremos salir de este horrible lugar! Ay, ¿por qué habremos abandonado a los demás!”
Cayó al suelo y rompió en un llanto tan frenético que Tom se aterrorizó ante la idea de que pudiera morir o perder la razón.
Se sentó a su lado y la rodeó con los brazos; ella enterró el rostro en su pecho, se aferró a él, desahogó sus temores, sus inútiles arrepentimientos, y los lejanos ecos convirtieron todo aquello en risas burlonas.
Tom le suplicó que volviera a abrigar esperanzas, y ella respondió que no podía. Él empezó a culparse y a insultarse a sí mismo por haberla metido en esa situación miserable; esto dio mejor resultado.
Ella dijo que intentaría tener esperanzas de nuevo, que se levantaría y seguiría adondequiera que él la guiara con tal de que no volviera a hablar así. Pues él no tenía más culpa que ella, aseguró.
Así que volvieron a ponerse en marcha—sin rumbo fijo—al azar—; lo único que podían hacer era avanzar, seguir avanzando. Durante un breve espacio de tiempo, la esperanza amagó con revivir—sin ningún motivo que la respaldara, sino únicamente porque está en su naturaleza resurgir cuando la edad y la familiaridad con el fracaso no le han quitado el resorte.
Al poco rato, Tom cogió la vela de Becky y la sopló. ¡Ese ahorro significaba tanto! Las palabras sobraban. Becky lo comprendió, y su esperanza volvió a morir. Sabía que Tom tenía una vela entera y tres o cuatro trozos en los bolsillos, y sin embargo tenía que economizar.