El Terror de los Mares y el Vengador Negro de las Antillas tuvieron más dificultades para conciliar el sueño. Rezaron sus oraciones para sus adentros y acostados, ya que no había allí nadie con autoridad para hacerles hincapié en que se arrodillaran y recitasen en voz alta; a decir verdad, tenían la intención de no rezarlas en absoluto, pero temían llegar a tales extremos, no fuera a ser que atrajeran un repentino y especial rayo del cielo.
Y de inmediato llegaron y se cernieron sobre el inminente abismo del sueño—pero irrumpió entonces un intruso que no había manera de ahuyentar. Era la conciencia.
Empezaron a sentir un vago temor de haber obrado mal al huir; y luego pensaron en la carne robada, y entonces llegó la verdadera tortura. Intentaron disculparlo recordándole a la conciencia que habían hurtado dulces y manzanas decenas de veces; pero la conciencia no se dejaba aplacar con tan endebles subterfugios; al final, les pareció que no había forma de eludir el terco hecho de que llevarse dulces era solo «saquear», mientras que robar tocino, jamones y objetos de valor por el estilo era un hurto en toda regla, y había un mandamiento en contra de eso en la Biblia.
De modo que resolvieron en su interior que, mientras siguieran en el negocio, sus correrías no volverían a verse mancilladas por el crimen del robo.
Entonces la conciencia concedió una tregua, y aquellos curiosamente incoherentes piratas se durmieron pacíficamente.