El discurso se reanudó poco después, pero iba cojeando y a los tropezones, pues toda posibilidad de solemnidad había llegado a su fin; ya que hasta los sentimientos más graves eran recibidos constantemente con un estallido ahogado de risa impía, al amparo de algún respaldo de banco lejano, como si el pobre pastor hubiera dicho algo sumamente jocoso. Fue un verdadero alivio para toda la congregación cuando terminó el suplicio y se pronunció la bendición.
Tom Sawyer se fue a casa bastante contento, pensando para sus adentros que el servicio divino tenía cierta gracia cuando había un poco de variedad en él. Solo le quedaba un pensamiento que le enturbiaba: estaba dispuesto a que el perro jugara con su escarabajo pelotero, pero no le parecía honrado por su parte habérselo llevado.