Un fulgor cegador tras otro se sucedía, junto a estallidos y más estallidos de truenos ensordecedores. Y ahora una lluvia torrencial se precipitaba y el huracán en aumento la arrastraba en cortinas de agua a ras de suelo. Los muchachos se llamaban los unos a los otros, pero el viento rugiente y los estridentes truenos ahogaban por completo sus voces.
Sin embargo, uno por uno fueron llegando por fin a rastras y se refugiaron bajo la tienda, fríos, asustados y chorreando agua; pero tener compañía en la desgracia parecía algo por lo que estar agradecidos.
No podían hablar, la vieja vela aleteaba con tanta furia, incluso si los otros ruidos se lo hubieran permitido. La tempestad subía de punto cada vez más, y al poco rato la vela se soltó de sus amarras y salió volando con la ráfaga de viento.
Los muchachos se agarraron de las manos y huyeron, entre muchas caídas y contusiones, al refugio de un gran roble que se alzaba en la orilla del río.