La balsa cruzó más allá de la mitad del río; los muchachos enderezaron la proa y luego dejaron de remar. El río no iba crecido, de modo que la corriente no superaba las dos o tres millas. Apenas se dijo una palabra durante los tres cuartos de hora siguientes.
Ahora la balsa pasaba ante la distante ciudad. Dos o tres luces centelleantes indicaban dónde yacía, durmiendo pacíficamente, más allá del vasto y vago curso de agua engalanado de estrellas, ajena al tremendo acontecimiento que estaba ocurriendo.
El Vengador Negro permanecía inmóvil con los brazos cruzados, «echando una última mirada» al escenario de sus alegrías pasadas y sus sufrimientos recientes, y deseando que «ella» pudiera verlo ahora, surcando el mar salvaje, afrontando el peligro y la muerte con corazón intrépido, marchando hacia su perdición con una sombría sonrisa en los labios.
Bastaba un pequeño esfuerzo de su imaginación para alejar la isla de Jackson más allá del alcance visual del pueblo, y así «echó una última mirada» con el corazón destrozado y satisfecho.
Los demás piratas también estaban contemplando aquello por última vez; y miraron durante tanto tiempo que estuvieron a punto de dejar que la corriente los arrastrase fuera del alcance de la isla. Pero descubrieron el peligro a tiempo y se las ingeniaron para evitarlo.
Alrededor de las dos de la madrugada la balsa encalló en el banco de arena a doscientos yardas río arriba de la punta de la isla, y vadearon de un lado a otro hasta haber desembarcado su cargamento.
Parte de las pertenencias de la pequeña balsa consistía en una vieja vela, y esta la extendieron sobre un rincón entre los arbustos a modo de tienda para proteger sus provisiones; pero ellos mismos dormirían al aire libre cuando hiciera buen tiempo, como correspondía a unos forajidos.