—Vaya que sí, Joe. Oye... ojalá los muchachos pudieran vernos ahora.
“Yo también.”
—Oigan, muchachos, no digan nada de esto, y algún día, cuando ellos anden por ahí, yo me acercaré a ustedes y diré: «Joe, ¿tienes una pipa? Quiero fumar». Y ustedes dirán, así como quien no quiere la cosa, como si no fuera nada, dirán: «Sí, tengo mi vieja pipa y otra más, pero mi tabaco no es muy bueno». Y yo diré: «Ah, no importa, con tal de que sea fuerte». ¡Y entonces sacarán las pipas, y encenderemos tan tranquilos, y ya verán cómo se quedan mirándonos!
«¡Caramba, eso va a ser divertido, Tom! ¡Ojalá fuera ahora mismo!»
—¡Y yo también! Y cuando les digamos que lo aprendimos mientras andábamos de piratas, ¿no desearán haber venido con nosotros?
«¡Oh, supongo que no! ¡Te apuesto a que sí!».
Así siguió la charla. Pero al poco rato comenzó a decaer un tanto y a volverse inconexa. Los silencios se hicieron más prolongados; las expectoraciones aumentaron de manera prodigiosa. Cada poro dentro de las mejillas de los muchachos se convirtió en una fuente a chorros; apenas si podían achicar con suficiente rapidez los sótanos bajo sus lenguas para impedir una inundación; pequeños desbordamientos por la garganta ocurrían a pesar de todo lo que podían hacer, y repentinas arcadas los seguían cada vez. Ambos muchachos lucían muy pálidos y miserables, ya. La pipa de Joe se cayó de sus dedos sin fuerza. La de Tom le siguió. Ambas fuentes funcionaban furiosamente y ambas bombas achicaban con alma y vida. Joe dijo débilmente:
“He perdido mi navaja. Creo que será mejor que vaya a buscarla”.