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nydus/The Adventures of Tom SawyerPublic
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XII. El gato y el analgésico

Toda la «basura» que contenían sobre la ventilación, y cómo acostarse, y cómo levantarse, y qué comer, y qué beber, y cuánta ejercicio hacer, y en qué estado de ánimo mantenerse, y qué clase de ropa vestir, era palabra sagrada para ella, y nunca se percataba de que sus revistas de salud del mes en curso solían echar por tierra todo lo que habían recomendado el mes anterior. Era tan ingenua y honrada como el día es largo, y por eso era una víctima fácil. Juntaba sus revistas de charlatanes y sus medicinas de charlatanes, y así armada con la muerte, iba montada en su caballo pálido, por decirlo metafóricamente, con «el infierno siguiéndola de cerca». Pero nunca sospechó que no fuera un ángel sanador y el bálsamo de Galaad disfrazado para los vecinos sufrientes.

El tratamiento de agua era nuevo, ahora, y el mal estado de Tom fue una bendición para ella. Lo sacaba al cobertizo todas las mañanas al amanecer, lo ponía de pie y lo ahogaba con un diluvio de agua fría; luego lo refregaba con una toalla áspera como una lima, y así lo volvía a la vida; después lo envolvía en una sábana mojada y lo guardaba bajo las frazadas hasta que le sudaba el alma por completo y «las manchas amarillas de esta le salían por los poros»⁠ —como decía Tom.

Y a pesar de todo esto, el muchacho se iba poniendo cada vez más melancólico, pálido y abatido.

Ella le añadió baños calientes, de asiento, de ducha y de inmersión. El muchacho seguía tan sombrío como un coche fúnebre.

Empezó a complementar el agua con una dieta ligera de avena y parches vesicantes. Calculaba su capacidad como si fuera la de una jarra, y todos los días lo llenaba a tope con remedios milagrosos de charlatán.

Por entonces, Tom se había vuelto indiferente a la persecución.

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