El periódico del pueblo publicó semblanzas biográficas de los muchachos.
La viuda Douglas invirtió el dinero de Huck al seis por ciento, y el juez Thatcher hizo lo mismo con el de Tom a petición de la tía Polly. Cada muchacho tenía ahora unos ingresos sencillamente prodigiosos: un dólar por cada día laborable del año y la mitad de los domingos. Era exactamente lo que cobraba el pastor —no, era lo que le prometían, porque por lo general no lograba recaudarlo—. Un dólar y cuarto a la semana servía para alojar, mantener y escolarizar a un muchacho en aquellos viejos y sencillos tiempos, ¡y además para vestirlo y lavarle la ropa!
El juez Thatcher se había formado un concepto muy alto de Tom. Decía que ningún muchacho común y corriente habría logrado sacar a su hija de la cueva.
Cuando Becky le contó a su padre, en estricto secreto, cómo Tom había recibido su castigo en la escuela, el juez se conmovió visiblemente; y cuando ella suplicó clemencia por la tremenda mentira que Tom había dicho para trasladar aquel castigo de sus espaldas a las suyas propias, el juez declaró con un magnífico arranque que era una mentira noble, generosa, magnánima; ¡una mentira digna de levantar la cabeza y marchar a través de la historia hombro con hombro y pecho con pecho junto a la tan loada Verdad sobre el hacha de George Washington!
Becky pensó que su padre nunca se había visto tan alto y tan soberbio como cuando paseaba por la habitación, pisaba con fuerza y decía aquello. Fue de inmediato a contárselo a Tom.
El juez Thatcher esperaba ver a Tom convertido en un gran abogado o en un gran soldado algún día. Dijo que se encargaría de velar por que Tom fuera admitido en la Academia Militar Nacional y, posteriormente, se formara en la mejor facultad de derecho del país, para que estuviera preparado para cualquiera de las dos carreras o para ambas.