En la guarida de indio Joe
Aqu aquella noche Tom y Huck estaban listos para su aventura. Rondaron los alrededores de la taberna hasta pasada la nueve, uno vigilando el callejón a cierta distancia y el otro la puerta de la taberna. Nadie entró en el callejón ni salió de él; nadie que se pareciera al español entró o salió por la puerta de la taberna.
La noche prometía ser despejada; así que Tom se fue a casa con el acuerdo de que, si llegaba a oscurecer bastante, Huck iría a «maullar», momento en el cual él se escaparía furtivamente y probaría las llaves.
Pero la noche se mantuvo clara, y Huck dio por terminada su vigilancia y se fue a la cama en un bocoy de azúcar vacío cerca de las doce.
El martes los muchachos tuvieron la misma mala suerte. El miércoles también. Pero la noche del jueves prometía algo mejor.
Tom se escapó a buena hora con la vieja linterna de hojalata de su tía y una toalla grande para taparla. Escondió la linterna en el barrillo de azúcar de Huck y comenzó la vigilancia.
Una hora antes de la medianoche la taberna cerró y sus luces (las únicas por los alrededores) fueron apagadas. No se había visto a ningún español. Nadie había entrado ni salido del callejón. Todo era propicio. Reinaba la negrura de la oscuridad, y la perfecta quietud solo se veía interrumpida por los ocasionales murmullos de un trueno lejano.