“Eso es... ¡ese mestizo asesino! Mil veces preferiría que fueran demonios. ¿Qué diablos se traerán entre manos?”
El murmullo se apagó por completo, pues los tres hombres habían llegado a la tumba y se hallaban a pocos pies del escondite de los muchachos.
—Aquí está —dijo la tercera voz; y el dueño de esta levantó el farol y dejó al descubierto el rostro del joven doctor Robinson.
Potter e Injun Joe llevaban una parilla de mano con una cuerda y un par de palas encima. Arrojaron su carga y comenzaron a abrir la tumba.
El doctor puso el farol a la cabeza de la tumba y fue a sentarse con la espalda apoyada contra uno de los olmos. Estaba tan cerca que los muchachos podrían haberlo tocado.
—¡Deprisa, muchachos! —dijo en voz baja—; la luna podría salir en cualquier momento.
Gruñeron como respuesta y continuaron cavando. Durante un buen rato no hubo más ruido que el roce de las palas al descargar su carga de tierra y grava. Era muy monótono.
Finalmente una pala dio contra el ataúd con un sonido sordo a madera, y en otro minuto o dos los hombres lo habían izado hasta el suelo. Hicieron palanca con las palas para quitarle la tapa, sacaron el cuerpo y lo arrojaron groseramente al suelo. La luna salió de detrás de las nubes y dejó al descubierto el rostro pálido.
La carretilla quedó lista y el cadáver fue colocado en ella, cubierto con una manta y sujeto en su sitio con la cuerda. Potter sacó una gran navaja de muelle, cortó el extremo colgante de la cuerda y luego dijo:
—Ahora el maldito trasto está listo, Matasanos, y vas a soltar otros cinco, o aquí se queda.