Tom tiraba de un ojal y tenía cara de avergonzado. Se sonrojó entonces, y sus ojos cayeron al suelo. El corazón de míster Walters dio un vuelco. Se dijo a sí mismo que no era posible que el muchacho supiera responder a la más simple de las preguntas; ¿por qué se la había hecho el juez? Sin embargo, se sintió obligado a hablar y decir:
“Contéstale al caballero, Thomas, no tengas miedo”.
Tom aún vacilaba.
“Ahora sé que me dirás —dijo la señora—. Los nombres de los primeros dos discípulos fueron—”
“¡David y Goliat!”
Corramos un velo de caridad sobre el resto de la escena.