Huck salva a la viuda
Lo primero que oyó Tom el viernes por la mañana fue una feliz noticia: la familia del juez Thatcher había vuelto al pueblo la noche anterior. Tanto el Indio Joe como el tesoro pasaron a un segundo plano por un momento, y Becky ocupó el lugar principal en el interés del muchacho. La vio y se divirtieron de lo lindo jugando al «escondite» y al «guarda barranco» con un grupo de compañeros de la escuela. El día se completó y coronó de una manera singularmente satisfactoria: Becky le suplicó a su madre que fijara para el día siguiente el largamente prometido y demorado pícnic, y ella accedió. El júbilo de la niña no tenía límites; y el de Tom no era menor. Las invitaciones se enviaron antes de la puesta del sol, y al instante los jóvenes del pueblo cayeron en un frenesí de preparativos y de placentera expectación. La emoción de Tom le permitió mantenerse despierto hasta bastante tarde, y tenía grandes esperanzas de oír el «miáu» de Huck y de tener su tesoro para impresionar a Becky y a los excursionistas al día siguiente; pero se quedó con las ganas. Ninguna señal llegó aquella noche.
La mañana llegó, por fin, y hacia las diez u once en punto una compañía alegre y bulliciosa se reunía en casa del juez Thatcher, y todo estaba listo para la partida. No era costumbre que las personas mayores estropearan los días de campo con su presencia. Se consideraba que los niños estaban suficientemente seguros bajo el ala de unas pocas señoritas de dieciocho años y unos pocos caballeros jóvenes de veintitrés más o menos.