La riqueza de estas casas, la magnitud de sus operaciones y su organización cosmopolita las convierten en los principales determinantes de la política imperial. Tienen el mayor interés directo en el negocio del imperialismo y los medios más amplios para imponer su voluntad a la política de las naciones.
En vista del papel que los factores no económicos del patriotismo, la aventura, la empresa militar, la ambición política y la filantropía desempeñan en la expansión imperial, puede parecer que atribuir a los financieros tanto poder es adoptar una visión de la historia demasiado estrictamente económica.
Y es cierto que el motor del Imperialismo no es principalmente financiero: las finanzas actúan más bien como el regulador del motor imperial, dirigiendo la energía y determinando su labor; no constituyen el combustible del motor, ni generan directamente la potencia.
Las finanzas manipulan las fuerzas patrióticas que los políticos, soldados, filántropos y comerciantes generan; el entusiasmo por la expansión que emana de estas fuentes, aunque fuerte y genuino, es irregular y ciego; el interés financiero posee aquellas cualidades de concentración y cálculo clarividente que se necesitan para poner al Imperialismo en funcionamiento.
Un estadista ambicioso, un soldado de frontera, un misionero demasiado zeloso, un comerciante emprendedor, pueden sugerir o incluso iniciar un paso de expansión imperial, pueden contribuir a educar a la opinión pública patriótica sobre la urgente necesidad de algún avance nuevo, pero la determinación final recae en el poder financiero.
La influencia directa que ejercen las grandes casas financieras en la «alta política» está respaldada por el control que ejercen sobre el conjunto de la opinión pública a través de la prensa, que, en todo país «civilizado», se está convirtiendo cada vez más en su instrumento obediente.