«anhelo de vida» se le presenta a la nación al igual que al individuo. Un individuo puede gastar toda su energía en adquirir posesiones externas, añadiendo campo a campo, granero a granero; fábrica a fábrica, y puede «extenderse» sobre la más amplia superficie de propiedad, amasando una riqueza material que en cierto sentido es «él mismo» al contener la impronta de su poder e interés. Hace esto especializándose en el plano inferior y adquisitivo del interés, a costa de descuidar el cultivo de las cualidades e intereses superiores de su naturaleza.
El antagonismo no es, ciertamente, absoluto. Aristóteles ha dicho: «Primero debemos asegurar el sustento y luego practicar la virtud».
De ahí que la búsqueda de bienes materiales como base razonable para el bienestar físico sea considerada por los hombres más sabios como la verdadera economía; pero la absorción del tiempo, la energía y el interés en dicha expansión cuantitativa a costa necesaria de privar a los gustos y facultades superiores se condena como falsa economía.