expediciones punitivas y otros eufemismos para la guerra están en incesante desarrollo. La pax Britannica, siempre una descarada falsedad, se ha convertido en los últimos años en un grotesco monstruo de hipocresía; a lo largo de nuestras fronteras indias, en África Occidental, en el Sudán, en Uganda, en Rhodesia, los combates han sido casi incesantes. Aunque las grandes potencias imperialistas se han abstenido de atacarse mutuamente —salvo cuando el naciente imperio de Estados Unidos ha hallado su oportunidad en el decadente imperio de España—, dicha contención ha resultado costosa y precaria.
La paz como política nacional se ve obstaculizada no solo por la guerra, sino por el militarismo, un perjuicio aún más grave.
Aparte de la enemistad entre Francia y Alemania, la causa principal de los vastos armamentos que están agotando los recursos de la mayoría de los países europeos son sus intereses encontrados en la expansión territorial y comercial.
Donde hace treinta años existía un punto sensible en nuestras relaciones con Francia, Alemania o Rusia, ahora hay una docena; las tensiones diplomáticas ocurren casi mensualmente entre potencias con intereses en África o China, y la naturaleza principalmente comercial de los antagonismos nacionales los vuelve más peligrosos, en la medida en que la política de los Gobiernos pasa a estar más bajo la influencia de camarillas marcadamente financieras.
La tesis de la escuela si pacem vis pares bellum, según la cual los armamentos por sí solos constituyen la mejor garantía para la paz, se basa en el suposición de que existe un antagonismo genuino y duradero de intereses reales entre los diversos pueblos que están llamados a sufrir este monstruoso sacrificio.